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Cuando el hombre tomó consciencia de esta energía que es “visión pura”, como la única cosa que distingue su humanidad de la totalidad del mundo animado e inanimado, se halla en un estado extraordinario. Los fenómenos que son capaces de hacer que el hombre sea consciente de esta energía extraordinaria llamada “quien ve” o “visión pura” son el dolor, la angustia y la desesperación existencial. Esto es lo que se expresa en el Su-tra 15. El choque de experimentar la realidad pone al hombre en esta posición crítica. En este estado, el pasado íntegro se vuelve sin sentido, y el futuro una oscuridad total e impenetrable. Esta es una situación revolucionaria porque trasciende el tiempo y la temporalidad. Las secuencias inevitables del pasado-presente-futuro, en las que la mente está atrapada, se vuelven sin sentido, si no cabalmente absurdas. El dolor, la angustia, la desesperación —un estado de agonía existencial—, se convierten en el único vínculo entre el hombre y el resto del mundo. Si el hombre no busca escapes ideacionales y falsos de esta situación existencial, entonces permanece frente a frente con ella, y la acepta como la realidad de su vida y su ser, sin tensión interior alguna. Y puesto que rechaza correr en pos de cualquier escape, y permanece firme enfrentando la situación existencial, el tiempo llega a detenerse. Es como detener el mundo que fue puesto en movimiento por vrittisarupya, avidya y asmita, con los que nos movimos, de buen grado o por fuerza, a través de la identificación con los vrittis.

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El Sutra 34 proporciona un notabilísimo ejemplo del género de investigación que el Yoga tiene en vista. Este Sutra llama la atención sobre el fenómeno natural o existencial de respirar. Respirar y vivir están tan entrelazados que, hablando en sentido lato, son correlativos, se implican y se necesitan mutuamente. Si uno está apasionadamente interesado en vivir, puede llegar una época en la que respirar, un correlativo de vivir, excite igualmente nuestro apasionado interés en ello. Esto no podría ser tan sólo un ocioso o impertinente vritti de curiosidad. Exigiría total atención y abarcaría a la totalidad de nuestra mente, tanto como el interés apasionado por vivir abarca la totalidad de nuestro ser. En el momento en que ocurre esto, empezamos a observar con atención total y alerta nuestra respiración constante. Esto es lo que se quiere decir con la palabra dhyana o meditación. No es pensar, especular o imaginar. Es “visión pura”, observación objetiva en la que no tiene cabida nada subjetivo. Lo primero que descubrimos en un estado de semejante meditación es que expresiones como “yo respiro” o “mi respiración” son cabalmente carentes de fundamento. La respiración sigue, ya sea que formulemos o no declaración alguna acerca de ella. Nada tiene que ver con la irreprimible tendencia del hombre a parlotear acerca de las cosas. Nos hallamos, pues, en un estado en el que reina supremo un silencio cabal. Hay ver, observar, percibir. Ver, percibir, equivale a un hecho dado como respirar. Ver, percibir, nos hace conscientes del hecho existencial de respirar. Eso es todo lo que hay al respecto. No se trata de mi consciencia o de la consciencia de otro. Hay “ver” por un lado, y “respirar” por el otro. Los dos no son uno solo. Son dos cosas distintas, natural y existencial. Y lo que las vincula mutuamente es el surgimiento de un interés apasionado por respirar como integrado con el vivir. Este interés apasionado pertenece a la mente (citta) en su totalidad. La mente está ahora tan plenamente envuelta en este interés apasionado que en ella no hay cabida para ningún vritti fragmentario. La totalidad de la mente, en un estado de firme quietud, es la que hace nacer la disciplina del Yoga. Y este estado firme de quietud es el que refleja a “quien ve” (o la “visión pura”) por un lado, y lo “visto” (en este caso el “respirar” como un fenómeno natural), por el otro. Las dos realidades existenciales son puestas juntas en una relación inmensamente significativa. La percepción y la objetividad se relacionan mutuamente en una pureza y una belleza prístinas.

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Es pertinente advertir aquí que cada uno de estos cinco vrittis es distinto de los otros cuatro. Pramána no es viparyaya y el resto. Y viparyaya no es pramána y el resto.  Pero smriti (la memoria) es omniinclusivo. Incluye recuerdos anteriores de todos estos cinco vrittis. Uno puede olvidar una cosa y recordarla nuevamente. Por tanto, la memoria se convierte en la matriz de la temporalidad. Es en esta matriz que el hombre (la percepción encarnada) se enreda y pierde respecto de su identidad existencial. Y así perdido, responde a las exigencias de las circunstancias y situaciones siempre nuevas desde la matriz de impregnaciones de memoria (samskar) en las que se lo tiene prisionero. El desenredarse de esta matriz de la temporalidad, dominada por el pasado y por el futuro impulsado por el pasado, es la libertad (apavarga o kaivalya). Y la libertad es la esencia y el punto final del Yoga. El modo en que este desenredarse puede producirse se denomina citta-vritti-nirodha. Este vritti-nirodha es la condición básica para la libertad y la percepción de las cosas como son —o sea, la percepción de la verdad o la realidad. Los siguientes Sutras nos dan una exposición precisa de vritti-nirodha.