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Yoga meditacion

El Sutra 22 más bien intriga. Dice que cuando la razón de ser del mundo objetivo se cumple mediante la liberación de “quien ve” de su confuso enredo con lo “visto”, el mundo desaparece de su vista. Pero continúa operando para los otros “que ven”, que permanecen enredados en experiencias comunes. Si liberación significa la destrucción del mundo objetivo para “quien ve”, ¿por qué éste continúa existiendo y cuál es la causa que esté allí? La cuestión es que lo que en realidad desaparece es la visión del mundo generada por avidya. Este es el denominado mundo objetivo. En la visión del hombre atrapado en avidya y en las tensiones nacidas de avidya, éste es el denominado mundo objetivo. Es este mundo confuso y dado vuelta el que desaparece de la vista del “que ve” y está liberado. De allí en adelante, vive en un mundo de realidad nacida de viveka-khyati. Su modo de vivir se vuelve yóguico, un momento tras otro. Este modo yóguico de vivir es descripto en los Sutras que siguen. Y su culminación o perfección es descripta en el último Sutra de la última parte.

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Pratiprasava elimina tensiones y el movimiento del devenir, nacido de las tensiones. Con tensiones que se vuelven inactivas, vemos a asmita como un punto del ser sin magnitud, experimentándolo todo pero sin acumular nada. Está libre de lo conocido, del pasado, y sólo conoce una cosa, a saber, que “el yo soy es nesciencia”, y que es un hecho de nuestro ser. En este estado del ser, vacío de devenir, ve a avidya como “inconsciencia de lo que es” en su totalidad. Rehusar moverse con el devenir es permanecer con el ser. Este rehusarse y este rechazar el devenir es lo que nos pone cara a cara con avidya, que ahora se ve como inconsciencia de “lo que es” en su totalidad. Esta inconsciencia de la totalidad es la que entra en el hombre y le hace consciente de sí mismo. Esta consciencia de sí implica división entre “yo” y “no yo”, desarrollándose en una visión fragmentaria del mundo —una totalidad. Esta totalidad retiene ahora nuestra atención en su plenitud. Avidya se transforma así en un sentido de asombro con la totalidad de la nesciencia, en un extremo, y la Gran Incógnita (la totalidad que es el mundo total), en el otro.
Es en este extraordinario estado del ser, que es una afinidad misteriosa entre “quien ve” y lo “visto”, que se desenvuelve y revela la naturaleza de cada uno de estos dos factores de la existencia en su totalidad. Este es el tema de los siguientes Sutras.

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Las tres (asmita, raga y dvesa) son tensiones porque llevan consigo una contradicción entre lo ideacional y lo existencial. La quinta y última tensión se llama abhinivesa. Esta domina la vida del hombre en tal medida que eclipsa todo lo demás. Es un terco apego a nuestro interés instintivo de propia perpetuación, con un gusto que es difícil de descartar. No podemos gustar de nuestra desaparición y reducción a la nada. Ni siquiera por un momento podemos gustar de la pérdida de importancia personal, cualquiera sea la opinión que los demás tengan de nosotros. Toda amenaza a nuestro sentido de importancia personal parece tan aniquiladora como la muerte. El interés en nuestra importancia el hombre lo considera como la esencia misma de la vida. Siempre nos decimos: “¿Qué otra cosa hay por la que el individuo humano viva y muera?” Este sentido de la importancia personal trasciende • veces hasta la perspectiva de la muerte. Poquísimos hombres de cada época se jugaron la vida por alguna causa en la que una terca creencia les dio un sentido adicional de importancia y perpetuación personales.

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La palabra svadhyaya está compuesta por dos vocablos: sva y adhyaya. Adhyaya significa “aprender, estudiar”. Y sva significa “nuestro propio”. Por tanto, “svadhyaya” significa “aprender acerca de nuestro propio yo”. ¿Cómo se aprende acerca de uno mismo? Los libros y lo que oímos de los demás pueden darnos algún conocimiento o información acerca de las cosas. Pero la conscien-cia condicionada nos obliga siempre a tomar y elegir lo que nos gusta y a rechazar lo que nos disgusta de entre los libros, o de entre las palabras de los demás, por eruditos que sean. Consiguientemente, ni los libros, ni las palabras, ni las experiencias, ya sean propios nuestros o de los demás, podrán ayudarnos a aprender acerca de nuestro propio yo (sva). El único modo de aprender acerca de uno mismo es observar el juego de los vrittis cuando emergen como reacciones ante cuanto entra dentro de nuestra mente. Tal observación de nuestros propios vrittis ha de efectuarse en un estado de consciencia sin elección, para ser objetiva y realista. Esto es svadhyaya o estudio de sí. Svadhyaya se relaciona, pues, con los vrittis. Y este estudio de sí produce la purificación de los vrittis. Cuando se los observa, aprendemos a ver cómo surgen, qué los motiva, dónde conducen, y demás. Y cuando observamos sin elegir, vemos que los vrittis se privan de su poder generador de tensiones. Así se purifican, y llega a su fin nuestra identificación con ellos. La purificación de los vrittis, que el estudio de sí produce de esta manera, nos libera de sus tentáculos.