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Discutir sin pelear

Discutir sin pelear.

Evitar que un cambio de opiniones acabe en batalla campal.

Aprender a no caer en la trampa de la incomunicación, de los malos entendidos y de la violencia verbal es posible: lo que convierte un diálogo en una discusión no es tanto lo que se dice, sino lo que callamos. Detrás de una aparente diversidad, las disputas y las polémicas tienen un idéntico y peligroso mecanismo. Si bien en la superficie se discute por un motivo, en lo profundo de nuestro ser se afronta un triple debate. El primero para poder imponer la propia interpretación de los hechos; el segundo para poder manifestar o para disimular los sentimientos; y el tercero para intentar defender nuestra imagen o identidad.
NUESTRA INTERPRETACIÓN DE LOS HECHOS
1) El conflicto: Yo tengo razón.
Casi todas las discusiones se producen para determinar qué ha pasado. Cada uno pretende imponer su versión y allí está el problema: no hay intercambio de ideas sino una lucha por tener la razón.                                                                             2) El error: Tenes toda la culpa.
Ocurre cuando se cree que el culpable es el otro y se está convencido de que se saben las intenciones de la persona con la que se está discutiendo.
3) La solución: Los dos somos responsables de esta situación.
La meta de la comunicación es lograr entenderse. No hay que confundir este objetivo con imponer nuestro punto de vista ni con buscar la culpabilidad del otro. No hay que comportarse como enemigos ni dejarse ganar por los reproches, por lo que es imprescindible lograr coincidencias con un enfoque común del problema.