¿Es sano el alimento que comemos?

Es sano el alimento que comemos

La harina blanca es el último eslabón de un largo proceso de refinación. La Organización Mundial de la Salud ha calculado que el pan envasado puede contener hasta 96 aditivos químicos diferentes, contando desde el momento en que se planta la semilla de trigo hasta que se expende el producto. Entre ellos está el dióxido de cloro (clorina) que se utiliza como blanqueador y que es altamente tóxico, encontrándose su uso prohibido aunque clandestinamente se utiliza. Además de contener tal cantidad de productos químicos, la harina blanca durante el proceso de refinación pierde casi totalmente todos los minerales y vitaminas. Basta decir como ejemplo que un Kg. de pan hecho con harina no refinada (integral) contiene cinco veces más hierro que el pan blanco.
Con el azúcar blanco sucede algo similar. Este es un alimento extremadamente perjudicial, desvitalizado, formado por Sacarosa desprovista de sus vitaminas, minerales y fermentos después de un largo proceso industrial a partir de la caña de azúcar o de la remolacha. Puede ser también obtenida por la reacción de Acido Sulfúrico sobre residuos de almidones. En algunas escuelas de nutricionistas se considera al azúcar como “el enemigo blanco”, ya que puede producir: fatiga del metabolismo de las visceras intestinales favoreciendo la aparición de úlceras; glicosuria alimenticia (estudios de Legolf); afecciones de la piel y caries dentales (estudios de Fredet y Nivet); diabetes; trastornos cardíacos; trastornos del sistema nervioso (jaquecas, crisis nerviosas, etc.); alergias; reducción de las reservas de minerales y vitaminas. Además no hace ningún aporte nutritivo específico, sólo calorías que engordan.
Obsérvese que el argentino es un consumidor en exceso de harina blanca y azúcar blanco, lo que constituye un serio problema de salud pública. Este problema no ha sido debidamente estudiado en nuestro país, pero sí en niveles internacionales como algunas escuelas de nutrición y la OMS. Entiéndase que no hablamos de cerrar fábricas de azúcar blanco ni panaderías, lo que provocaría entre otras cosas un colapso social, pero sí debe investigarse por parte de las áreas competentes los potenciales riesgos y aplicar la correspondiente educación para la salud.
Otro problema de contaminación alimentaria, lo constituye la presencia de
residuos de plaguicidas o insecticidas en los alimentos. Desde la introducción del DDT en 1942, el uso de plaguicidas se extendió a todo el planeta. Los usos fundamentales son: 1) para combatir diversos tipos de plagas en agricultura y veterinaria (antiparasitarios), 2) se los utiliza en salud pública para llevar a cabo campañas contra vectores de diversas enfermedades, por ej. el paludismo y la enfermedad de Chagas-Mazza, entre otras. No puede negarse lo útil que han sido en estos usos, pero la OMS hace muchos años que está advirtiendo sobre los peligros que encierran.
Uno de los mismos es la llegada de residuos de plaguicidas a los alimentos que ingiere el hombre siguiendo el curso de las cadenas alimentarias.
El hombre, como último eslabón de dichas cadenas, recibe los alimentos muy contaminados con plaguicidas, ya que la concentración de los mismos aumenta considerablemente al ir acumulándose durante el desarrollo de estas cadenas.
Para fijar conceptos claros con respecto al problema, debemos decir que existen miles de productos plaguicidas en los mercados internacionales, pero hay dos grandes tipos de donde deriva casi todo el resto: ellos son los pesticidas organoclorados y los organofosforados. Los primeros se caracterizan por poseer átomos de cloro en sus cadenas químicas; no son biodegradables, y esto los hace muy peligrosos pues su acción se mantiene en el tiempo. Se sabe que producen alteraciones en bazo, hígado y riñon, y algunos son mutagénicos y cancerígenos, aunque esto último no está probado para el hombre. Algunos de los organoclorados más importantes son: el DDT, el clordano, lindano, aldrín, dieldrín, gammexane, etc.
Los segundos poseen fósforo en sus cadenas químicas; son biodegradables y ocasionan menos problemas en las cadenas alimentarias que los organoclorados pero dan más casos de accidentes de intoxicación aguda en el trabajador rural, por ej. malathion y parathion.
El problema con los pesticidas organoclorados (caso DDT) asumió tales características que debió prohibirse su uso. Debe tenerse en cuenta que el uso de estos plaguicidas estaba diseminado por todo el planeta y las cadenas alimentarias lo contenían en mayor o
menor grado. Antes de su prohibición se calcula que cada persona ingería 0,0026 mg por Kg diario, especialmente de DDT. Se lo llegó a detectar aún en la leche materna. Esto llevó a la aparición de legislaciones reguladoras pero éstas, a veces, suelen resultar inútiles. Un reciente estudio de la FAO reveló que la mitad de los plaguicidas usados en los países en desarrollo son compuestos persistentes de cloro orgánico, como el DDT, y el aldrín, prohibidos hace ya muchos años. Esto sucede por corrupción o negligencia de los funcionarios de los países subdesarrollados, pero debe tenerse en cuenta que las legislaciones reguladoras en los países desarrollados, que son los productores, tiene varios defectos sin ninguna duda intencionales. Por ejemplo, en los EE.UU. gran productor mundial de pesticidas, la legislación PERMITE LA EXPORTACIÓN DE LOS PRODUCTOS PROHIBIDOS dentro del país; según Jacob Sheer, integrante del Consejo de Defensa de los Recursos Naturales de los EEUU “al permitir la exportación incontrolada de productos de riesgo, EE.UU y otras naciones desarrolladas europeas adoptan una actitud de negligencia maligna”. Agrega Sheer que “el 28% de la exportación de plaguicidas norteamericanos consisten en productos prohibidos, restringidos severamente o nunca registrados para su uso interno; del 72% restante, muchos no han sido evaluados en su impacto en el medio ambiente o en la salud, mientras se sabe que otros son potencialmente cancerígenos, producen defectos de nacimiento, y daños nerviosos”.
En su libro “Circle of poison” (sin traducción al castellano) David Weir y Mark Shapiro ponen en evidencia los oscuros manejos de las “Multinacionales del veneno”. En su libro prueban que el 12% de la producción alimenticia que importa los EE.UU está contaminada con niveles ilegales de plaguicidas, pero remarcan que los análisis empleados ni siquieran revisan el 70% de los casi 900 plaguicidas cancerígenos que existen.
En el INTA de Castelar el Dr. Humberto Eduardo Cavandoli, director del Centro de Investigaciones de Ciencias Veterinarias afirma que en los laboratorios de su centro se ha comprobado la existencia de residuos de plaguicidas en las carnes.

Etiquetas:

Deja un comentario