El yoga

Un no-Yogi (un hombre corriente) cuyas acciones asumen tres formas —brillante, oscura y una mezcla de ambas— y que descubre que todas sus acciones son motivadas egocéntricamente, llega a comprender tarde o temprano lo que se describió en los Sutras 7 a 13, y se consideró en el capítulo anterior. Quien se halla de repente en esta comprensión, toma consciencia del hecho de que el principio subyacente en la objetividad de un objeto, o el mundo objetivo (vastu), radica estrictamente en una sola cosa. Es el cambio perpetuo (parinama). Vastu seguiría siendo siempre incomprensible y desconocido si su existencia no tomara una forma claramente perceptible por el ojo o la mente. Es decir, vastu ha de aparecer en forma perceptible a fin de declarar su existencia a un observador. Esto sólo puede ocurrir si vastu experimenta un cambio de un momento al otro y se solidifica bastante para que se lo vea. Esta es la manifestación de vastu. Vastu es manifiesto o inmanifiesto. Todo lo que vemos y de lo que tomamos consciencia se ve que experimenta un cambio perpetuo. Una flor fresca, vista tras un lapso, parece haber perdido su frescura. Sufrió un cambio por el puro paso del tiempo. Una pieza brillante de tela conservada en una caja y sacada luego de un año más o menos, se ve que perdió su brillo por el puro paso del tiempo. El tiempo es lo que prosigue un momento tras otro, produciendo efectos o cambios. Y el efecto acumulado de muchos momentos se convierte en un objeto perceptible para el ojo o la mente. Esta es la manifestación de lo que llamamos con el nombre de “objeto”. Asimismo, todo lo que así se manifiesta experimenta un cambio un momento tras otro, hasta que finalmente lo que se manifestó se vuelve nuevamente inmanifiesto.

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