Prana yoga

Avidya se convierte, pues, en el suelo en el que echan raíz todas las tensiones psíquicas y brotan de muchas formas para enredar al hombre en sus tentáculos. La primera tensión que se arraiga de esta manera en la psiquis del hombre es el sentido del “yo soy” (asmita). Este sentido del “yo soy” no nacería en ausencia de avidya. En un estado de consciencia, nos referimos a todo lo que vemos como “eso”, incluido el hombre. Este sentido del “yo soy” connota una unidad indivisible de existencia. Torna al hombre cabalmente inconsciente del hecho de que, como entidad, está compuesto por dos energías distintas, que nunca podrán convertirse en una sola. Estas dos energías deberán permanecer siempre distintas una de la otra, aunque coexistan en el mismo cuerpo, como de hecho lo hacen. El hombre es “quien ve” y lo “visto” en el mismo lugar y en el mismo tiempo. Es no sólo posible sino también imperativo para el hombre ver el hecho de que “quien ve” nunca podrá convertirse en lo “visto”, y viceversa. Intercambiar estas dos energías distintas, mezclándolas ideacionalmente, es caer en la confusión. Estas dos energías inter-actúan entre sí un momento tras otro. Y el hecho mismo de esta interacción implica necesariamente que deben seguir siendo siempre dos fuerzas distintas del ser y del vivir. De hecho, toda experiencia humana, verdadera o falsa, es producto de la interacción existencial de estas dos variedades eternas. Sin ver y aceptar este hecho, no puede haber una experimentación clara de nada, y, por tanto, no puede haber conversación ni descubrimiento de lo que es real y lo que es irreal.

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